ACOSAN AL ÁGUILA NEGRA, PERO VENCERÁ
(Navarra, clave de Euskadi; Euskadi, clave del Estado español)
(Carta abierta a un obrero con vocación de suicida, que vive en el madrileño barrio de Carabanchel, que se dice socialista y que no se entera de lo que pasa en Navarra y en el resto de Euskadi)
LIZARRA. NAFARROA. HEGO EUSKADI
Ekainak 3, asteazkena
Compañero:
No tengas miedo. No voy a poner aquí tu nombre. Esta va a ser una carta pública, una carta abierta. Te mandaré un ejemplar y sólo tú y yo sabremos que ésta es la carta que hace unas semanas prometí escribirte y que tú prometiste leer. ¿Recuerdas? Fue en Madrid, cuando nos vimos, una tarde de mayo con cielo plomizo y sucio, al día siguiente del atentado contra ese general de la Casa Real. Yo miraba tus manos que manejaban tu vieja pipa. Observaba cómo cargabas la cazoleta y empujabas el tabaco con el pulgar con un gesto preciso y familiar. Y recordaba las veces que te había visto hacer ese mismo gesto allá lejos, en la noche oscura del franquismo. Y al recordarlo, recordaba, mirando el pelo blanquisucio de tus sienes, aquella canción de Raimon: "T'he conegut sempre com ara..." (Te he conocido siempre como ahora...), aquella canción que sólo los enterados sabían que estaba dedicada y se refería a Gregorio López Raimundo. A ese Gregorio que, como tú, fue una vez luchador antifranquista, luchador marxista, luchador por el socialismo, por la sociedad sin clases y sin Estado, por la sociedad comunista sin explotación y sin dominación del hombre por el hombre. Y recordando esa canción que fuera con otro puñado de canciones (La Internacional, claro, y Bella Ciao y Fusiles contra el patrón, El Pueblo Unido y Canción de Libertad y En el pozo María Luisa...) la compañera musical y esperanzadora que levantaba nuestros ánimos en las tardes tenebrosas de los domingos de la dictadura, mi corazón sangraba. Por mí y por Raimon. Porque aunque todavía parezca que estáis vivos, aunque todavía andéis y habléis y os mováis, a Raimon se le ha muerto Gregorio. Y a mi te me has muerto tú. Porque los dos os habéis vuelto, mentira parece, ciegos y cobardes. Dóciles y con vocación de suicidas.
¿Te acuerdas de esa tarde de mayo pasado, compañero? Yo tengo grabadas con fuego helado tus palabras y tus gestos en mi memoria. Recuerdo tu pesimismo derrotista. Recuerdo tus reproches. Recuerdo la amarga sonrisa con que fustigabas lo que irónicamente llamabas mi "insensato optimismo revolucionario". Me dejó atónito que tú, ¡tú, con años y años de cárcel condenado a muerte!, mencionaras los cuatro días que yo acababa de pasar en la cárcel de Estella y mi situación de libertad provisional bajo fianza, el hecho de la absurda acusación que me endosa el delito de atentado y los golpes que había recibido, como "lecciones" (¡dijiste lecciones!) que debían ayudarme a evitar "izquierdismos infantiles". Recuerdo con tristeza que desempolvaste la vieja acusación contra la erudición de los intelectuales para camuflar tu rechazo cuando yo invoqué el ejemplo de Antónov-Ovseienko. El ejemplo del ex-oficial zarista que en 1905 se había rebelado a la cabeza de su destacamento y había sido capturado y sentenciado a muerte. Y que logró huir y unirse al movimiento clandestino. Y que en octubre de 1917 encabezó a los Guardias Rojos en el asalto al Palacio de Invierno, arrestó a Kerensky y culminó el triunfo de la insurrección bolchevique.
Recuerdo, sobre todo, tu terca displicencia al decirme que no te enteras de lo que pasa en Navarra y en el resto de Euskadi (no lo dijiste así, claro, dijiste Navarra y Euskadi), Recuerdo mi íntima congoja ante tu prisa evidente e impaciente porque me fuera y te dejara antes de que llegaran a tu mesa los "compañeros" con los que ahora tratas. Fue quizá esa tu prisa la que hizo que me prometieras leer despacio, y contestarla, una carta larga que te explicara tantas cosas de las que te empeñas en no enterarte. Esta es esa carta, compañero.
Es, te lo anticipo, una carta dolorida y preocupada. No te pido excusas porque sea una carta dura. Hace demasiados años que nos conocemos y tú y yo sabemos las veces que en las reuniones clandestinas de un puñado de compañeros primero, en las asambleas semitoleradas del primer postfranquismo después, o en las reuniones ya completamente "legales" luego, nos hemos dicho el uno al otro cosas atroces al discutir un análisis de situación, una proposición o una línea de acción a decidir. Si acaso, el recuerdo de esas veces lo que hace ahora es poner un punto de tristeza que se escurre por la punta de mi pluma porque recuerdo con nostalgia que entonces, cuando salíamos al frío de la noche dando cara al viento helado que bajaba como una bala traicionera directo desde la Sierra por la calle de Guzmán el Bueno (¿te acuerdas?), después de horas de discusión encarnizada, con los ojos enrojecidos por el humo de mil pitillos y veinte pipas, al pisar la acera que nos volvía al mundo franquista, los dos volvíamos a ser una piña, compañeros y hermanos unidos por la misma pasión revolucionaria, dedos de la misma mano que se cerraba en puño proletario contra el dictador. ¡Cuántas veces hiciste la misma cariñosa broma, la de decir que en el puño de la clase obrera el cochino intelectual, burgués traidor de clase que yo era, mi papel podía ser el de la pluma pero sólo si estaba sostenida por los dedos de quienes como tú fueron obreros hasta las cachas! ¡Cuántas veces discutimos la teoría marxista de los "funcionarios de la ideología", de los "intelectuales orgánicos"! ¡Cuántas vueltas le dimos a Gramsci pateando la noche madrileña por los bulevares de la Castellana! Y, sin embargo, ahora noto en la médula de mis huesos el frío helador que me hace sentir el ver que objetivamente, por omisión y por complicidad, tú estás ayudando al poder contrarrevolucionario, a la dictadura burguesa, a los enemigos de la clase obrera.
Ciego y cobarde te he llamado al principio de esta carta. Y dócil. Y con vocación de suicida. Sé bien, compañero, que esas son palabras gruesas. Pero, lo siento (¡no sabes bien cuánto lo siento!), te las mereces. Y porque te las mereces, te las digo. Y voy a demostrártelas.
Estás ciego. Ciego voluntario, que es peor. Ciego, porque te empeñas en no ver. Ciego pueril, infantilizado. Como esos niños que cierran los ojos y, confundiendo su visión con la de los demás, dicen: "ya no me ves". Como esos niños, parece como si tú, al cerrar los ojos ante la salvaje brutalidad fascista del régimen actual que te empeñas en llamar "democrático", creyeras que no te van a ver los fascistas controlados e "incontrolados" de Rosón y Ballesteros, de la Policía y la Guardia Civil.
Mira. Hace unas semanas, en el mes de mayo, se ha repartido una hoja aquí en Euskadi, concretamente en Navarra, firmada por un puñado de fuerzas políticas y sindicales y de organizaciones ciudadanas. Te la copio. Y aplícate el cuento. Sobre todo la primera parte, desde donde dice "NO LEAS ESTO", hasta que vuelve a repetir "NO LEAS ESTO".